Opiniones

La iglesia debe mirar hacia adentro

Darwin Feliz Matos

Darwin Feliz Matos

Esta semana una noticia ha consternado a nuestra sociedad, el doble crimen de abuso sexual y homicidio cometido por un párroco de la iglesia católica, a un menor de edad de tan solo 16 años con quien se amancebó desde los diez años de edad.

Los feligreses de la Parroquia Santa Cecilia, en Hainamosa,  Santo Domingo Este, están más que sorprendidos consternados por este hecho el cual es calificado como uno de los crímenes más horrendos de la historia reciente.

De la tristeza pasamos al estupor cuando la Policía Nacional presentó a un sacerdote como autor material del hecho, en el que perdió la vida un joven que vivía en la comunidad de Villa Mella, Santo Domingo Norte.

El padre Elvin Taveras Durán, está acusado de supuestamente abusar durante años de Fernely Carrión Saviñón, quien fungía como monaguillo de su parroquia a quien asesinó con saña propinándole diversos golpes en la cabeza con un martillo y varias puñaladas en diferentes partes del cuerpo, llegándole a cortar la garganta y atarlo de pies y manos con cinta adhesiva.

La Iglesia católica no puede voltear la cara ante  los constantes actos de violencia contra niños propiciados por sacerdotes, a los cuales en muchos de los casos son trasladados de parroquia y se calla el caso.

Es necesario que la iglesia revise la convivencia de sus párrocos con la comunidad, así como tomar mayor control en los seminarios y propiciar condenas más enérgicas a las faltas cometidas por los curas.

Este caso en el que un sacerdote asesinó a su víctima debe servir para que la Santa Iglesia mire hacia dentro. No es momento de darse golpes en pecho, sino de decir la verdad.

Un sacerdote que no solo utilizaba el dinero de la ofrenda de la parroquia para acciones placenteras no tan solo con un menor, sino de su mismo sexo a quien le pagó 180 mil pesos para que guardara silencio de sus acciones de pederastia.

El detonante de la historia fue las supuestas imágenes de intimidad que Fernely Carrión Saviñón, tenía en su celular con Elvin Taveras Durán, las cuales el menor le dijo a su verdugo que borraría todas las evidencias a cambio de otros 180 mil pesos.

Este falso profeta en cambio lo apuñaló en la espalda muchas veces, luego lo amordazó, lo ató de pies y manos, trasladó en su vehículo a un lugar apartado entre Guerra y Bayaguana.

La frialdad de este verdugo quien actuó con mucha tranquilidad y sin mostrar  ningún signo de arrepentimiento, al otro día visitó su familia y compartió con su madre y hermanos sin mutarse. Al mismo tiempo subir al altar diariamente para celebrar la Santa Misa como si nada pasaba.

Un representante de Dios que está llamado a hacer el bien, no puede actuar en contra de los mandamientos, no debe abusar de los niños y actuar como si nada, al tiempo que con su doble vida ignoran que Dios los observa.

La sociedad pide drasticidad en las sanciones a este criminal que se escudaba en la Santa Iglesia para cometer estos crímenes, las autoridades judiciales no deben seguir brindándoles los irritantes privilegios que a estos depravados de la iglesia les brindan y que se encubren unos a otros como si la colectividad no les observara.

Ver el hermetismo del caso, en la que un fuerte contingente policial los protege y les impide hasta a la prensa a entrevistar al criminal para que hable de la historia, llama a suspicacia. Que la representante del Ministerio Público en la provincia tampoco quiera abundar sobre el tema “para no entorpecer las investigaciones”. Que la uniformada no haya dado detalles del crimen tras la visita de representantes del prelado católico al jefe policial, así como el envió a Najayo y no a la Victoria al imputado deja mucho que hablar.

Que no pase con este como en el caso del “Hogar La Ciudad de los Niños, San Francisco Javier”, de San Rafael del Yuma, en el 2005, o como en el 2013 el caso del padre polaco Alberto Gil, en Juncalito, Santiago, o como con el nuncio Josez Wesolowski;  esperemos que con este se haga justicia y sea condenado a la pena máxima y que Dios nos agarre confesados.

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